Maldita siesta. No sé quién inventó esa puñetera costumbre...echarse la siesta es una mezcla entre drogarse, darse cabezazos contra la pared y acostarse con Bertín Osborne: te despiertas atontada, te duele la cabeza y lo único que deseas al despertar es no haberlo hecho nunca.
El calor, el calor es quien tiene la culpa. El calor provoca comportamientos extraños en las personas (orangutanes incluídos). El abanico es otro invento que no acabo de explicarme. Está bien eso de que dé aire, pero ¿es mejor que en vez de que simplemente haya calor flotando por el ambiente, te eches ese aire en pleno rostro? Yo pregunto, porque tampoco lo tengo muy claro. Además, aunque me queje del abanico, reconozco que soy adicta a él. Llevo todo el verano queriendo comprarme un abanico, y he sido incapaz de ir a por uno, pero al menos tenía uno en casa. A veces se lo presto a mi madre (tiene gracia, porque el abanico es suyo), pero le miro con cara de mala folla y a punto estoy de pedirle fianza cuando se lo lleva. Porque el abanico es una droga, sí. Una vez que empiezas a abanicarte, si paras, notas la cara incandescente, como la de George Bush cuando pseudopiensa. Entre abanicada y abanicada pasan escasas décimas de segundo, pero parece que estés pasando media vida en el desierto del Sáhara. Eso hace que cada vez necesites abanicar más y más rápido para conseguir la misma sensación de frescor, por lo que la dosis de droga la vas aumentando hasta que, al final del verano, te darás cuenta de que tienes la muñeca más desarrollada que un adolescente de 14 años.
En invierno todo es peor aún. El frío jode que pela y pela que jode, se te corta la cara de una forma que hace replantearse si lo de Picasso era una forma alternativa de interpretar y representar la realidad, o si simplemente pasaba el invierno en Burgos; empiezan las clases, los catarros (y con ellos las drogas de invierno: los analgésicos), las rebajas de invierno (que son lo más penoso desde que Cristóbal Colón muriese pensando que había llegado a Asia...¿no veía que ahí no había una sola tienda donde pudiera comprar pilas, camisetas, cubertería y DVD's porno, todo a la vez?), los saltos de esquí de Año Nuevo...por cierto, qué ganas de hacer los saltos el 1 de enero. Prefiero no imaginar la sensación que tendrá el esquiador la noche anterior, después de ver a Ramón García presentando otra vez las campanadas (son el programa que más reponen en televisión después del Príncipe de Bel-Air). Oirá la juerga desde su habitación, y cuando le pregunten si sale tendrá que decir que no, que al día siguiente tiene que saltar con unos esquíes por una rampa y caer de pie. "Pues que te lo pases bien", le dirán. "Tío raro", le llamarán.
Necesito mis drogas de invierno (analgésicos) y mi droga de verano (abanico). Es malo mezclar, y si no mirad a los creadores de la serie El coche fantástico, que mezclaron a David Hasselhoff con un coche que hablaba y que tenía más inteligencia que la gran estrella (nótese la entonación irónica en estas últimas palabras), pero es que necesito el subidón que sólo un abanico y una pastilla mágica pueden darme.
Estoy agotada. Quizá vuelva a tumbarme la siesta.
Joder, he descubierto una nueva droga. Que el mundo me perdone.
Maldita siesta.
martes, 5 de agosto de 2008
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